Poeta invitada: Margarita Drago
Ella y el mar
La mujer despertó angustiada. Se levantó, fue al baño como de costumbre y tomó una ducha. Permaneció largo rato bajo el agua, con la intención de que esta se llevara la imagen del sueño de la noche anterior que tanto la había aterrorizado. Prendió un incienso, repitió el mantra que usualmente la tranquilizaba, rezó una plegaria, sin resultado. Ese día hizo los quehaceres cotidianos y trabajó nerviosa e inquieta. Cuando la tarde estaba casi agonizando sintió deseos de ir al mar. Debía ir desnuda, algo se lo decía, cubierta solo con la túnica de seda blanca. Se arropó con ella y echó a andar. Se adentró en la playa solitaria y caminó sin tiempo, descalza sobre la arena fresca. De pie frente a las olas que calladamente se rompían en la orilla, levantó la mirada y pidió clemencia. Repentinamente el cielo se puso negro como de tormenta, aun así, el mar se veía de un azul intenso y luminoso. La mujer permaneció de pie frente al mar. De pronto, un temblor suave y tibio le recorrió el vientre y le bajó hasta el sexo. Se recostó en la arena húmeda, abrió los brazos en cruz y las piernas en posición de entrega. El temblor del vientre se hizo más agudo, el calor le quemó las entrañas. La mujer emitió un gemido y pujó tres veces con fuerza. Del corazón de su vulva tibia, abierta en flor, se desprendió el cuerpo voluminoso de la madre, tal como lo había visto en el sueño de la noche anterior, flotando boca abajo en la bañera. Apoyada sobre los codos, la mujer levantó la cabeza para mirarlo. El cuerpo, transformado en una masa blanca incandescente, empezó a dar volteretas en el aire, formaba círculos, descendía y en el descenso rozaba el agua. La blancura radiante de la silueta contrastaba con el mar, vuelto ya una inmensa masa negra. La mujer vio cómo la silueta se fue hundiendo lentamente, y sin intento de rescatarla, se quedó mirando, fijamente, los últimos puntitos de luz que brincaban sobre la superficie acuática.
Abandono
La casa desenterró una a una
sus raíces,
recogió todo el dolor almacenado
en sus ladrillos,
tomó los sueños truncos
de sus dueños,
y se marchó
un jueves santo
antes que cantara el gallo.
En tierra firme ¿Será el río de la infancia el que venga a mi encuentro? ¿o será otro río, desnudo de memoria, ajeno? ¿Será el sauce de entonces el que aguarde en silencio el momento sublime de la contemplación? ¿o será árbol nuevo extraño a la mirada? Todo ha cambiado en tierra firme. La casa se marchó, sus viejos habitantes se han ido para siempre. La lluvia hundió su garra en los escombros, preparó el terreno para la nueva simiente. Todo ha cambiado en tierra firme, pero el aire aún huele a muerte.
Apocalipsis
Se agolpa el viento en las ventanas
brama como animal herido
trae en sus fauces el fétido aliento
de las bestias humanas
derriba cuanto encuentra
en su paso desbocado
ni el nido del ave recién construido
mueve su corazón de furia milenaria
desgarra ver
tanta vida destrozada
al interior de las casas
los cuerpos acurrucados
bajo las gruesas sábanas tiritan
y aguardan sollozantes
que la ira del viento los alcance
y lance sus tentáculos
sobre sus frágiles carnes
y sus quebradizos huesos
y su rabia los triture
y su odio los disperse
vueltos polvo
sobre la faz de otra tierra.
El reparto de la sopa
Mamá hunde el cucharón
en la olla de puchero recién cocido
y en silencio
reparte porciones en cada plato
-la de papá es la más abundante-
mi hermano y yo entendemos
la diferencia
cabizbaja mamá sirve
con cuidado
para no derramar el líquido
en el mantel limpio y recién tendido
mientras mamá reparte la sopa
en nuestros platos
va esparciendo ternura
con su gesto y su mirada
en otro tiempo y otro espacio
la celadora hunde el cucharón
en una gran olla de sopa
de escasos nutrientes
divide porciones minúsculas
en los platos de latón
que cada una le extiende
mientras la carcelera
distribuye el caldo grasiento
en nuestros platos
va arrojando odio
con sus gestos su mirada
y con el líquido que lenta
va vertiendo.
Hijas
Hijas del sudor de la lucha
y del sudor gélido del miedo,
hijas que ofrendaron sus cuerpos
a los dioses y a la tierra,
hijas que murieron
arañando el horizonte,
hijas de la utopía.
Margarita Drago (Argentina)
Nació en Rosario, Argentina y reside en Nueva York desde que salió de la cárcel donde estuvo recluida como prisionera política. Es poeta, narradora y profesora de Lengua y Literatura Hispanoamericana en York College (CUNY). Ha participado en congresos, coloquios, ferias del libro y festivales de poesía en los Estados Unidos, Argentina, Perú, Brasil, México, Honduras, El Salvador, República Dominicana, Puerto Rico, Cuba, Canadá, España, Francia, Inglaterra y Rumania. Autora de Fragmentos de la memoria: Recuerdos de una experiencia carcelaria (1975-1980), declarado de interés cultural por la Honorable Cámara de Diputados de la Nación Argentina, y de la edición ampliada Fragmentos de la memoria. Mi vida en dos batallas. Además, ha publicado los poemarios Con la memoria al ras de la garganta, Quedó la puerta abierta, Hijas de los vuelos, Un gato de ojos grandes me mira fijamente, Heme aquí, Con la memoria stretta in gola, Sé vuelo, Un cuerpo que aún palpita, Palabra ardiente y del estudio académico Sor María de Jesús Tomelín (1579-1637), concepcionista poblana: La construcción fallida de una santa. Es coautora de Tomamos la palabra: mujeres en la guerra civil de El Salvador (1980-1992). Es subdirectora de la revista semestral de literatura EntreTmas Revista Digital y fundadora y curadora, junto a Juana M. Ramos, de la serie literaria y artística Palabra-Imagen-Escena.
